Ha sido un día pesado en la oficina. Imprimes las últimas cartas que debe revisar el director. La secretaría te avisa que todo el trabajo que has realizado ya no es necesario. Aturdida guardas tus cosas y firmas la salida. Ansías un cigarro pero tus monedas son justas para llegar a casa. Bueno, quizá no tanto, pero decides que será más relajante encontrar algo que ver en la tele mientras disfrutas un bolsa de palomitas con extra-matequilla.
Indicas la parada al chofer del microbus en la encrucijada de siempre: Nuevo León, Vicente Suárez y Saltillo. Cruzas la calle y te dirijes al K-mart. Ordenas una bolsa de palomitas. Satisfecha de haber conseguido -sin mayo esfuerzo- lo que quieres, caminas hacia tu guarida.
Al abrir la puerta percibes esa extraña combinación de olores entre el cigarro, el incienso y la madera. Haces un breve paréntesis para tomar conciencia de ello: ese hedor tan peculiar de lo que llamas hogar. Botas la mochila a un lado de la cama y de inmediato rompes el celofan de las palomitas. Lees las instrucciones, como si en verdad tuviera mucha ciencia prepararlas. - Ah! cómo disfrutas los protocolos!-
Lo que sucede es que te preguntas -casi de manera trascendental- la proporción que habrá entre el tiempo que un microhondas común toma en prepararlas y el lapso que tardará la antigüedad que tú posees. Decides que un minuto, parece una buena relación entre la generalidad y tu particularidad. Dim, dim, dim. El calculo falló. Un tercio de la bolsa ha quedado intacto.
(Dicho sea de paso, realizas constantemente este tipo de cálculos en tu vida cotidiana para hacerle un lugar a "tu mundo" en el de los demás. Y a pesar de la práctica, conservas en todo el mismo rango de error. ¿Será acaso que encuentras en él tu identidad?)
Enciendes el televisor. Entre las noticas, los especatáuclos y las series de consejos para el hogar, prefieres buscar una película que acompañe tu cena. Descartas los temas violentos y prefieres algo más bien desgarrador, nostalgico y sentimental como tu ánimo. "El ladrón de orquideas" parece una buena opción.
Estás exhausta. Has trabajado con empeño durante varias semanas. Tu mente está llena de pendientes, anhelos y desilusiones. Es tiempo de cerrar el dìa. Duermes, pero no sueñas.
Abres los ojos, la primera necesdidad del día te sugiere levantarte, pero tu ánimo sigue flojo. Haces una pregunta al oráculo, una petición: dame una buena razón para levantarme de la cama. Al final el dolor a un costado de tu espalda baja tiene la última palabra: te dirijes al baño.
Es cierto que cada mañana tu mayor motivación es encender un cigarrillo. Pero hoy no. Desayunas y dejas que tu mente lidie con la idea de ir a la tienda por suministro de lo que consideras 'su único vicio'. Después de un rato le das gusto. Preparas un poco de té negro (el café ha quedado prohibido para tus riñones de apenas 25 años).
Golpeas la cajetilla, la abres y comienzas el ritual. Recuerdas las palabras de
Rilke a un jovén poeta: "Si lo que realmente deseas en tu vida es escribir, escribe. Recurre a tu experiencia de las cosas cotidianas" Enciendes la computadora. Observas que no hay nadie en línea, que no hay correos nuevos. Tu horóscopo tiene buenas noticias pero no te ilusionan. Entras a tu blog.
Entonces, describes los pequeños detalles que construyen tu rutina con la inspiración más fluída que has tenido en los últimos meses. Te has complacido. Tu ego reboza de alegría mientras grita: he escrito una cuartilla.
El calentador hace un silencio: la regadera te espera antes de volver a la oficina.