domingo, agosto 02, 2009

Deliciosas sobras

Chole había abandonado el hogar a una edad muy temprana. Siempre le molestó un poco compartir la comida con los demás. De hecho era un poco radical al respecto y prefería todo o nada.

De joven fue intrépida y fácilmente se hacia amiga de esos jóvenes que les gusta hacerla de malos y rebeldes, pero que en el fondo, sólo tienen un corazón muy débil para soportar el hecho de que el mundo no es una caja de chocolates.

Es difícil imaginar de que modo lograba meterse en casa de las familias bien, donde todo parece perfecto y hay mucha comida. A los ojos de los idealistas Chole simplemente desencajaba; sin embargo, la gente normal intuía que ese era el lugar a donde pertenecía.

En esos lugares lo que más disfrutaba era jugar con las niñas envueltas en vestidos de tela muy fina, ondeados por crinolinas y protegidos por delantales cursis, que lejos de correr y revolcarse en sus amplios y floridos jardines, preferían pasar la tarde jugando a la tacita de té para reparar en quejas y reclamos hacía aquel hombre que era en su vida un fantasma que refunfuñaba de vez en vez.

Es cierto que también logró entablar una buena amistad con las mamás de esas niñas, pues aunque de mayor tamaño, no eran muy diferentes a las primeras, aún siendo sus vestidos mucho más cortos y pegados.

Chole sabia que nunca tendría dueño, que simplemente no podía tenerlo; era ella quien podría adueñarse de todos, pero no lo hacía, al menos no por mucho tiempo.

Al principio le gustaba coquetear un poco, luego se acercaba de a poquito, hasta que un día u otro, todos le habrían la puerta sin más. Hay tanta basura metida en la cabeza de las personas, que simplemente no les cabe y necesitan que alguien es ponga la cara enfrente para permitirse eructar arrogantes y mal olientes calumnias sobre el mundo ingrato que los ha olvidado.

Chole tenía la gran virtud de saber esperar la hora de la comida, no era comprensiva, pero era muy paciente; podía sentarse a lado de cualquiera, dar vueltas y mover la cola escuchando todo tipo de blasfemias, sollozos, amenazas, vituperios, lamentos, maldiciones, injurias y quejidos.

Sabía que después de todo ese bla, bla, bla vendrían algunas migajas de pan, tortillas o quizá uno que otro hueso de pollo. Sí, Chole se alimentaba de las sobras que le daba la gente y era muy feliz. Cierto es que siempre tuvo buen diente y que le hubiera gustado comerse el mundo de un solo bocado, pero así de a poquito era más práctico: no causaba tanta indigestión.

Aburrida hubiera terminado de tanta bazofia que escuchaba si tuviera buena memoria, pero no la tenía. Su vida había sido tranquila porque se limitaba a recordar siempre lo último. Ahora solía buscar viejitas amables, de esas que compran amor con deliciosas sobras. Le encantaba arrullarse con sus recuerdos absurdos y desproporcionados de las épocas en que se bailaba danzón y la gente era otra.

Ese fue el caso de Amalia, su última proveedora de alimento, quien en un lapso de locura senil, había considerado brillante la idea de nombrarle “Chole” a su fiel compañera. De algún modo le hacía gracia pensar en la muerte acompañada de su querida y regordeta “Soledad”.

Hace poco Chole se mudó de casa, pues Amalia tuvo la desfachatez de sucumbir a un infarto en los últimos días de sus 97 años. Como suele suceder en esos casos, nadie extraño a la pobre mujer; lo que suscitó extrañeza fue su hedor. Y es que hay que entender que Chole estaba acostumbrada a las sobras y no a semejante botín.