Cuando era niña mi abuelo me cuidaba después de la escuela. Gonzalo Tovilla Bolivar, fue el hombre que sacó adelante a mi madre junto con sus tres hermanos, tras fallecer prematuramente su esposa de una extraña enfermedad que la tuvo bastante tiempo “mala de los nervios”.
Ese hombre valiente, de carácter fuerte, empleado ejemplar de PEMEX que profesaba un gran amor por la lectura, fue el que cuido de mí durante sus últimos años.
Desde siempre sentí gran cariño y admiración por él. Intuía que había algo profundo y remoto que nos mantenía unidos. El parto de mi madre había sido programado para un 25 de diciembre. Y aunque todo parecía indicar que el bebé estaba listo para llegar al mundo en el recalentado de navidad; yo nací un 10 de enero, un día de San Gonzalo. ¡Vaya casualidad!
Alguna vez mi madre compartió conmigo la loca idea de nombrarme según mi onomástico, pues también ella sentía gran admiración por aquél hombre que recuerdo viejo y fuerte como un roble. Quizá en el fondo sabía que aunque no es nombre para una mujer, yo lo hubiera llevado con mucho orgullo, pese a las burlas.
Afortunadamente mis padres optaron por la segunda alternativa –después del onomástico- para nombrar a un recién nacido: la persistencia del nombre del padre o de la madre, como en mi caso, por ser una bella y redonda niña nacida en 1983.
Sin embargo, en mis primeros años goce de un nombre que sólo me pertenecía a mí, evitando confusiones y señalando el gran cariño de mi abuelo: Teté
-¡Metete, Teté! ¡Que te metas, Teté!
A mí siempre me ha gustado ser Teté. Me recuerdo juguetona, inocente, sonriendo para hacer gala de mis ojos rasgados y mis enormes cachetitos. La Teté de entonces, sabía que después de la escuela, tocaba ir a jugar a aquella casa parecida a las que dibujaban en los libros de texto: un rectángulo con su ventana cuadrada a cada lado y su puerta roja al centro; unida al zaguán por un caminito de cuadros de concreto que dividía el pequeño jardín donde vivía una enorme jacaranda y su amigo el limonero.
Yo adoraba a mi abuelo. Es el primer hombre que he querido con admiración. Lo recuerdo en el jardín sentado sobre una enorme piedra que había colocado en la esquina derecha de la casa junto a la ventana de su cuarto. Ahí yacía por horas leyendo su periódico, levantando de vez en vez su mirada para ubicarme.
Habiendo quedado viudo, mi abuelo había adquirido las habilidades de un buen cocinero y solía preparar un delicioso café de olla que perfumaba toda la casa a piloncillo. Yo era niña y es sabido que todo lo dulce nos atrae por naturaleza. Sin embargo – “El café no es para los niños”- decía mi madre, cada vez que me veía rogarle a mi abuelo por una probadita de aquella pócima.
Pero yo sabía que mi abuelo tras leer su periódico o una vez que las noticias de la tarde terminaban, iba a la cocina y dejaba su taza en el borde de la ventana con un regalo secreto: un sorbito de café que conservaba pedacitos de grano asentados y que a mi me sabían a dulces tostados.
Así que con mucho cuidado, una vez que tenía la seguridad de que mi abuelo se encontraba entretenido limpiando los frijoles, pelando las verduras o cortando las duras zanahorias en pedacitos para preparar el guisado que mamá y yo llevaríamos a casa; entraba a hurtadillas a su modesto cuarto. Era un espacio muy sobrio con un olor muy peculiar, equipado solamente con una cama y una gigantesca televisión a colores, que debía atravesar para llegar hasta la taza olvidada y beber ese elixir que me hacía sentir un poco más grande, un poco más sabía, un poco más como el abuelo.
Esa pequeña falta a la autoridad de mi madre, esa adrenalina que se exacerbaba con la cafeína, tras haber hecho algo a escondidas, es la sensación más vívida que tengo de las travesuras que Teté “la obediente”, “la que se queda quietecita” hacía en su primera infancia.
Mi abuelo murió el 4 de julio, día de la Declaración de Independencia de Estados Unidos y no ha de ser casualidad porque además de inteligente fue un hombre liberal. Antes de morir había predicho la caída del muro de Berlín, que ocurrió ese mismo año de 1989, unos meses más tarde cuando yo de 6 años miraba las noticias en la tele junto a mamá.
FIN
1 comentario:
De alguna manera, no has cambiado. Hay algo en esos ojos rasgados que siempre me ha atraído de ti. Hoy, al leer tu post, me di cuénta de qué es...
Hay una niña encerrada debajo de ésa melena pelirroja gritando, saltando y a la vez, escondiéndose detrás de esa mirada inquisidora que siempre escarba deseando encontrar más.
Lo dije una vez, y lo repito. You rock my world.
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